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José Vasconcelos. El abogado que nació escritor

    Héctor LÓPEZ BELLO

    La búsqueda del pensamiento contemporáneo mexicano, a través de la historia, nos conduce a encontrarnos con hechos que motivaron el creciente deseo de la verdad; con lugares cuya estancia preservan el testimonio de las ideas; con páginas que, celosas del tiempo, resguardan imborrables las palabras de una época; pero sobretodo, nos topamos con personajes destinados a desencadenar un rebaño de pensamientos que marcaron no sólo a una época histórica, sino que este legado cultural, labrado en letras perdurables, sigue alimentando a las memorias de los lectores que hacen suyas esas páginas, pues encuentran en ellas el reflejo de la idea y un pretexto ideal para remitir nuestro pensamiento sobre aquellas líneas, y hacerse uno con esos héroes de las letras, cómplices de una verdad. Muchos son los participantes de aquellas epopeyas históricas, pero muy pocos son artífices de escenarios capaces de llevarnos a través del pasado como si palpásemos el presente, desde aquí a aquellos días, haciendo un diálogo entre páginas; sólo pocos personajes con los que se pueda uno identificar, y destacando ente ellos el que quizá mejor noticia de una época nos pueda brindar: José Vasconcelos (1882-1959).

    En efecto, es este gran intelectual mexicano de la primera mitad del siglo veinte, cuyas memorias hechas letras son capaces de llevar al lector por el mundo de la historia, la cultura, las tradiciones y, por supuesto, del pensamiento revolucionario, quien marcó un hito en la historia cultural de México. Es Vasconcelos el encargado de transportarnos al nacimiento de ideas de cambio a la par del siglo que termina, usando su propia vida como pretexto bajo la herramienta de las letras, logrando así, de su propia biografía, un magnifico testimonio histórico del cual, es imposible no verse uno mismo reflejado en al menos un personaje de ese viaje maravilloso que significa la obra literaria de José Vasconcelos.

    La biografía es el recurso con que Vasconcelos nos empapa de cultura; lo cotidiano es el artilugio perfecto para llegar del hecho a lo trascendental; y parte de esta premisa para lograr llevar al lector, a través de La Tormenta, o El Proconsulado, por un instante de historia pero por una larga velada literaria que se plasma en la memoria. Pero es su Ulises Criollo (1936), la magnifica obra que es ya un clásico entre las letras nacionales; esta obra, primera publicación de su vasta biblioteca es quizá el símbolo que lo identifica como pensador, como luchador social, como un revolucionario de época, y que no por ser su primer obra, deja de estar impregnada de ese misticismo tenaz y perenne de los grandes escritores; leer Ulises Criollo, es leer la historia de un extravío místico en el mundo, como historias de amor y fe, no como una simple novela de la Revolución; leer Ulises Criollo, es hallar a Vasconcelos descifrado por el mismo y encontrarnos nosotros mismos ahí escondidos pidiéndole prestado el espacio a un personaje al cual le damos rostro.

    Este épico personaje, heredero de la fantasía homérica, José Vasconcelos, Ulises Criollo, inicia el recorrido su historia desde sus primeros recuerdos; una infancia marcada por el tradicionalismo cultural de su época, donde tiene que desenvolverse entre múltiples lugares debido al errante trabajo de su padre, desde Oaxaca hasta una larga estancia en la frontera. Tuvo una educación marcada por el rigorismo religioso y la influencia norteamericana que lo condujeron a una temprana curiosidad por el mundo, y a una precoz inquietud por el conocimiento. Ávido lector de los clásicos desde pequeño, bilingüe al hablar pero con el único lenguaje de la cultura, Vasconcelos encuentra en su infancia y juventud la semilla revolucionaria de su pensamiento, al enfrentarse en un duelo ideático directo contra la influencia yanqui y contra la ignorancia en el saber, pues ya se nota en él esa conciencia nacionalista: "me irritaba si al hablar de las costumbres de los mexicanos algún alumno (yanqui) decía: 'mexicans are semi-civilizaced people'. En mi hogar se afirmaba, al contrario, que losyanq1lis eran recién venidos a la cultura.”

    Cuando llega a la Ciudad de México e ingresa a la Escuela de Jurisprudencia a iniciar su formación como abogado, Vasconcelos tiene contacto con un grupo de muchachos que compartían la misma pasión: la sed por el conocimiento; de esta inquietud nacería una agrupación que marcara una época. En efecto, Vasconcelos fue miembro fundador, en 1909, junto con Antonio Caso, Pedro Enríquez Ureña y el siempre admirable Alfonso Reyes (los "cuatro grandes"), del grupo de intelectuales más importante de principios del siglo XX en México: el Ateneo de la Juventud, organización social donde la historia intelectual de siglo pasado en México tiene su capitulo inicial en materia filosófica y literaria, y que fue cuna del movimiento revolucionario intelectual de inicios de la pasada centuria. Fue en este núcleo pensador donde el ideal del Ulises Criollo comienza a desenvolverse como creador no solo ya de ideas, sino también de sus propias respuestas: "lo que yo esperaba era una experiencia capaz de justificar la validez de lo espiritual, dentro del campo mismo de lo empírico", escribió Vasconcelos. Se encara pues, como llegara a pensar Heraclito, ante la ironía constante entre lo cotidiano de la época y el movimiento permanente de la noción de cambio; quizá por eso escribió su tesis profesional haciendo alusión al "Concepto Dinámico del Derecho", De cualquier forma, la relevancia jurídica en la obra de Vasconcelos pude centrarse en un solo ideal, la justicia; pero no una justicia reservada, permeada por el ambiente político necio y tiránico que representaba el poder a principios de siglo, sino una justicia total, que alcanzara a todo el pueblo, es decir, un afán por la Justicia social.

    Leemos en Ulises Criollo que la actividad jurídica de Vasconcelos inicia a temprana edad, desde una modesta plaza en los juzgados de lo civil, hasta la actividad en diversos despachos, lo que le permitió viajar a diversas partes del país, lugares en que descubría mas la distancia entre el poder despótico que representaba Profirió Díaz en la presidencia, y la miseria de un pueblo que clamada paciente por un mesías que lo sacara de este trecho, figura que, parece ser, detentaría con responsabilidad, anos después Francisco I. Madero. Crece el ritmo de su profesión en la abogacía, como crecen sus inquietudes intelectuales, marcadas muchas veces por un claro rechazo al pensamiento positivista de la época a la que tildaba inaceptable, y se empeñaba en crear su propia filosofía; un rechazo a lo comtiano, con afán contemporáneo de convertirse en un "héroe nietzcheniano", que lo llevan a una altivez en la prosa y en su vida. Se siente absoluto. Vive en un incesante orgullo que le conducen a la indiferencia hacia su derredor próximo; su casamiento por accidente, el nacimiento de sus hijos (sucesos de los que poco menciona en su obra), una rápida fortuna, incluso una actitud rebelde en su fe con tientes de apostasía, y el disentimiento con el tenor propio del Ateneo), que orilla a Vasconcelos a una lucha activamente dentro del nuevo pensamiento revolucionario.

    En efecto, esta rebelde posición encuentra su fundamento cuando Vasconcelos tiene contacto directo con Madero, personaje que comparte su idea de lucha y transformación con el recurso del cambio en el poder gubernamental. Narra Ulises Criollo que luego de la lectura de La Sucesión Presidencial, escrita por Madero, decide apoyar el proyecto presidencialista del revolucionario con trabajos periodísticos en el diario que él, y un grupo de inconformes con el sistema, bautizaron como El Antireeleccionista, un recurso para el cambio; la convicción de que el porfirismo era una cosa podrida y abominable, escribe Vasconcelos, había arraigado en mi sensibilidad. La evidencia de los atropellos diarios cometidos, y un sentimiento de dignidad humana ofendida, convertían en pasión lo que primero había sido desagrado y sorpresa. Era pues Porfirio Díaz para Vasconcelos, el tirano que había de vencer, el personaje enemigo del pueblo trabajador, el dictador que debía de caer; no podía seguirse abriendo el país al extranjero a costa de la vida nacional, por eso, la indignación de Vasconcelos en contra del general; México tenía pan y quizá más seguro que en cualquier otro periodo de la historia, sentenció Vasconcelos, pero anhelaba lo que no puede dar un tirano: libertades. Fue esta actitud revolucionaria la que le propició un auto exilio en Estados Unidos esperando solamente a que el movimiento maderista estallara y el cambio comenzara.

    Entre luchas e ideales, el cambio anhelado de Vasconcelos llega a la presidencia con Madero. Él era la respuesta revolucionaria para el pueblo y los trabajadores y recordó que el secreto de la prosperidad esta en el trabajo, no en la engañifa de sistemas a tal o cual, clase de población. Mucha gente apoyo el movimiento maderista por todo el país y más allá de sus fronteras Zapata, Villa, Carranza (en quien Madero pondría su confianza para luego, en el pensamiento de Vasconcelos, olvidarlo con una lucha que no buscaba efectivamente derrotar los enemigos del cambio, sino más bien llegar la poder). Parecía que la lucha legitima se debilitaba.

    Así, el ideal del Ulises Criollo parecía consumarse en una realidad; el cambio había llegado y con él las esperanzas, un éxito profesional en crecimiento y el amor de Adriana, su eterna inspiración. Cambio y promesa en la política; amor y devoción en su vida; esos eran los parámetros de trascendencia en las letras de Ulises Criollo. Pero los sueños no son eternos ni los instantes persistencia, y es así como Vasconcelos ve como el futuro se torna turbio en un breve tiempo; cobardemente son asesinados Madero y Pino Suárez por órdenes del gran traidor a la causa: Victoriano Huerta, quien tomó la presidencia del país. Momentos de incertidumbre y de traición pasan delante de Vasconcelos y parece como si el cambio se negase a avanzar. No había seguridad en las calles ni menos en los hombres. Vasconcelos tuvo pues que tratar de olvidar la derrota del cambio y refugiarse en lo cotidiano de su vida; trabajaba aun como abogado, no olvidaba la amistad de sus viejos compañeros, los ateneístas y, por supuesto de sus colegas, los idealistas, sólo el tiempo daría nuevas respuestas al pensador.

    Conjunción de tiempo y mundo, de la biografía a la historia de un periodo de la Nación, Ulises Criollo marca la frontera entre lo cotidiano del inicio de la Revolución y la epopeya real del movimiento social. Sólo es una muestra de la historia por las prolijas letras de Vasconcelos quien, robándole un espacio a sus memorias, nos regala una obra digna de admirar. Ulises Criollo no es solo un instante en el siglo veinte, es un viaje al pasado para transportarlo al presente quizá hoy más vigente que nunca, mediante las líneas del gran pensador mexicano, José Vasconcelos, ejemplo de vocación y de literatura, soberbia otorgada y paradigma de pensamiento. Su obra no esta circunscripta al pasado, es todavía un navegante de nuestro tiempo a quien le queda mucho por decir cuyo cruel relato no concluye, y adentro arde su corazón. Así concluyó su obra donde nos reflejamos los que hoy somos herederos de lo que él vislumbró como la esperanza social de México: nosotros, la raza cósmica.

 
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